Polución y piel

Cotidianamente nos vemos expuestos a agentes tóxicos contaminantes que se encuentran en el aire, cuya inhalación puede aumentar los riesgos de presentar diversos problemas de salud.

Aquellas personas que sufren enfermedades cardiovasculares o pulmonares, junto con los niños y ancianos son los que mayor riesgo corren ante este tipo de contaminación. Es importante mencionar que la polución no es algo exclusivo del exterior, sino que en el interior de casas o edificios también puede contaminarse el aire afectando negativamente a la salud.

Debemos considerar que diariamente el ser humano intercambia entre 10.000 y 20.000 litros de aire. La polución altera este proceso y se asocia a un incremento de rinoconjuntivitis, asma y bronquitis, entre otras enfermedades respiratorias.

Entendemos como polución o contaminación atmosférica a la mezcla de partículas sólidas y gases en el aire, compuesta por las emisiones de los automóviles, los compuestos químicos de las fábricas, el polvo, el polen y esporas de moho así como de otras plantas dependiendo la estación del año. El ozono resulta ser uno de los componentes fundamentales de la contaminación del aire en las ciudades.

En la actualidad, más de la mitad de la población mundial vive en entornos urbanos, lo que provoca que aumente el umbral de contaminación ambiental. No obstante, gran parte de las personas desconocen que la contaminación atmosférica no sólo afecta la salud de las personas produciendo enfermedades, sino que además manifiesta efectos nocivos sobre la piel.

Principalmente, el dióxido de nitrógeno, el ozono troposférico y el dióxido de azufre son los agentes más nocivos presentes en la polución. El dióxido de nitrógeno se forma como subproducto en los procesos de combustión a altas temperaturas, como en los vehículos motorizados y las plantas eléctricas.

El ozono troposférico es un contaminante secundario, es decir que se forma a partir de reacciones fotoquímicas complejas con intensa luz solar entre contaminantes primarios como son los óxidos de nitrógeno (NO, NO2) y compuestos orgánicos volátiles (COV).

El dióxido de azufre, también llamado dióxido de sulfuro, es un gas incoloro, irritante, con un olor penetrante que se comienza a percibir con 0,3 a 1,4 ppm y es perfectamente distinguible a partir de 3 ppm. Su densidad es el doble que la del aire. No es un gas inflamable, ni explosivo y tiene mucha estabilidad, es muy soluble en agua y en contacto con ella se convierte en ácido sulfúrico. Se conforma por un átomo de azufre y dos de oxígeno.

Sabemos bien que la piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo, y su función principal es la de protegernos del exterior, funcionando como barrera que evita que penetren en nuestro organismo agentes nocivos que puedan provocarnos posibles daños. Se conforma con varias capas, siendo la epidermis la más superficial, y por lo tanto la que sufre el mayor impacto por parte de las agresiones externas.

Para poder cumplir su función, es importante que la piel esté intacta, debido a que cualquier lesión en ella puede ser una puerta de entrada para sustancias tóxicas y de microorganismos patógenos.

Las partículas contaminantes son de diversos tamaños y composiciones químicas. Como ya mencionamos, en general provienen del tráfico motorizado y de procesos industriales. El problema con estas partículas es que pueden llegar a medir hasta 30 veces menos que el diámetro de un pelo, pudiendo atravesar la piel a través de los folículos o de forma transepidérmica. Además de causar daño oxidativo por el hecho de estar presentes, pueden también actuar como vehículo de otros compuestos químicos que generan daño oxidativo adicional al ingresar en las capas profundas de la piel.

En cuanto a los gases contaminantes de la atmósfera, uno de ellos es el dióxido de nitrógeno, cuya relación con la aparición de manchas en la piel ha sido demostrada en varios estudios.

Los contaminantes primarios (partículas y gases) pueden además reaccionar entre sí y con la temperatura y los rayos UV, y generar contaminantes secundarios. Estos últimos son los que conforman lo que conocemos como smog, cuyo principal componente es el ozono. Cuando el ozono se forma en la atmósfera inferior (debido a los contaminantes primarios, al sol y a las temperaturas altas) se vuelve dañino para la salud. Su acción sobre la piel se asocia a una disminución en la concentración de antioxidantes como α-tocoferol (vitamina E) y ácido ascórbico (vitamina C), y a un aumento del daño oxidativo, con las consecuencias que esto trae para la piel (inflamación, envejecimiento, cáncer de piel).

Como bien sabemos, la piel no es lisa, en la epidermis hay poros, folículos pilosos y glándulas (sebáceas y sudoríparas). Estas son las posibles puertas de entrada de los contaminantes y es donde principalmente van a depositarse estas partículas nocivas. Además, no debemos olvidar también que las glándulas segregan sudor y grasa, lo que unido a la suciedad ambiental, hace que estas partículas se peguen a la piel, formando una especie de engrudo ceborreico. La piel se ensucia y tapona los poros, lo que evita que se pueda oxigenar y mejorar sus funciones.

No sólo eso, además de ensuciarse y taponarse el poro, este engrudo con forma de capa evita que las células muertas se disgreguen fácilmente, disminuyendo la velocidad de renovación celular. En consecuencia, la capa córnea de la epidermis se engrosa y con ello la piel se torna más rugosa y apagada.

Podemos afirmar que la contaminación acelera el envejecimiento prematuro de la piel. Numerosos estudios confirman que este factor ambiental causa estrés oxidativo, lo que conduce diferentes signos visibles del envejecimiento en la piel. Entre estos encontramos una disminución de las defensas antioxidantes de la piel (vitaminas C y E); un aumento del exceso de sebo o, por el contrario, sequedad cutánea; una mayor incidencia de enfermedades cutáneas como dermatitis, psoriasis, etc; y un aumento de líneas de expresión, arrugas y pérdida de firmeza.

Es importante recalcar que a diario nos exponemos a muchos agentes contaminantes que actúan sinérgicamente siendo en conjunto más dañinos que cada uno por separado.

La contaminación afecta de forma integral a todo nuestro organismo, produciendo de forma potencial numerosas patologías, sobre todo a nivel cardiovascular y pulmonar, además de a nivel cutáneo. Esto depende del grado de exposición y cuáles son los agentes contaminantes que nos rodean.

Se ha comprobado que la contaminación aumenta el número de casos de hospitalización por enfermedades cardiovasculares y la funcionalidad pulmonar se ve reducida a niveles similares a los observados en casos de neumonía y otras enfermedades pulmonares.

Un estudio epidemiológico realizado en Beijing revela que la contaminación está asociada a una reducción de 15 años de la esperanza de vida y además, se estima que la contaminación será de +35% en 2020 lo que hace más importante una protección adecuada frente a este factor ambiental.

A largo plazo vemos que aparecen en la piel más signos de envejecimiento prematuro; los agentes ambientales más dañinos son el sol y el ozono, y se ha comprobado mediante estudios epidemiológicos que el ozono intensifica los signos del fotoenvejecimiento producidos por la exposición al sol (UVA, UVB, IRA) produciendo hasta un 22% más de hiperpigmentación, así como arrugas más profundas y mayor pérdida de firmeza.

Además, respecto a su acción interna, gradualmente la piel no consigue intercambiar con el exterior las sustancias que naturalmente lo deben hacer como el agua, lo que provoca que la piel se desactive, se apague, debido a que disminuye la irrigación sanguínea.

Los agentes contaminantes incrementan los niveles de radicales libres en el organismo, los que dañan las moléculas de ADN celular y en consecuencia producen un incorrecto funcionamiento de la barrera epidérmica, una mala formación del colágeno, y de las fibras de elastina que componen la piel. En consecuencia, ésta pierde firmeza y elasticidad.

También se producen aumentos de la inflamación cutánea y la deshidratación, activa la respuesta inmune y provoca un aumento de la velocidad del envejecimiento. Se ha comprobado que las personas que viven en ciudades con más contaminación padecen más sequedad de la piel, con una mayor tendencia a la formación de arrugas y manchas en la piel.

Limpiar la piel es fundamental cuando se vive en una ciudad o en un sitio con alto nivel de polución. Por la noche, de forma más profunda, y de día, de forma más suave y superficial.

Durante la mañana y en las pieles sensibles o más secas no es recomendable un limpiador que deslipidice demasiado la piel, ya que esto provoca que la piel esté más desprotegida e irritada. Por lo tanto, se debe conservar la fina capa lipídica propia de la piel. Sin embargo, las pieles más grasas sí deben eliminar ese exceso. Al contrario, en la noche es fundamental la limpieza en profundidad en todo tipo de pieles.

El primer paso es siempre remover el maquillaje con un producto desmaquillante, que puede ser en aceite, un agua micelar o una leche desmaquilladora. Luego, se aconseja utilizar una espuma de limpieza (preferentemente de origen biológico y sin sulfatos),  masajeando insistentemente de forma circular, aclarando con abundante agua.

Debemos tener en cuenta que es posible que la polución irrite la piel y ésta esté más sensible, por lo que el masaje no tiene que ser muy agresivo, pero sí firme. Algunas veces es preferible hacerlo dos veces.

Después de la limpieza, se recomienda utilizar una loción tónica que calma la piel en el caso de estar irritada, con el fin de eliminar los posibles residuos y preparar la piel para el siguiente paso. La loción tónica es imprescindible si se utiliza un producto que no se complemente con agua para aclarar, como puede ser en pieles secas (no es lo mismo una loción tónica que un agua micelar).

Para las pieles más grasas es necesario utilizar un gel de limpieza que se aclare con agua. Podemos además, exfoliar la piel varias veces a la semana, dependiendo del tipo de piel.

Respecto a las partículas contaminantes, aunque se logre retirar con la limpieza las más superficiales, algunas pueden penetrar, como en el caso de sustancias químicas o partículas muy pequeñas. Estas son las que provocan la formación de radicales libres, irritación, inflamación y lesiones cutáneas.

Por lo tanto, precisamos utilizar antioxidantes que deben estar incluidos en la dieta, en forma de alimentos frescos, ricos en vitamina C y en clorofila. Por lo general, son los que presentan una coloración más intensa. También podemos incluir suplementos orales antioxidantes, y algunos productos que sean especialmente detox, como G7 aloe detox, cardo mariano o extracto de açai con alto contenido de antioxidantes. A nivel tópico, conviene usar los sérum antioxidantes, principalmente los ricos en vitamina C , E y A.

Es importante hidratar la piel, ya que los componentes hidratantes van a protegerla y a mejorar su barrera protectora. Así, dependiendo del tipo de piel, se deben aplicar activos hidratantes como el ácido hialurónico, y en pieles secas aplicar productos algo más grasos, como la manteca de karité o la vitamina E, que formen una película para proteger la capa lipídica natural de la piel.

Es vital hidratarse internamente, ya que al beber abundante agua, nuestro organismo presenta mayor facilidad para filtrar las toxinas, y evitar la deshidratación de la piel debido a la polución y los contaminantes. No sólo agua, sino que además podemos beber sustancias con efectos desintoxicantes, como algunas infusiones, té verde, bardana ocola de caballo entre otras.

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