ESE AROMA INCONFUNDIBLE

Reseña de una trayectoria (por la Cosmetóloga Lidia Musso)

Todo comenzó en el Hospital Italiano cuando ya llevaba quince años como instrumentadora.

Era una etapa muy feliz: me apasionaba mi trabajo, era una profesional reconocida y estaba bien remunerada. Pero las prioridades cambian.  

Lo cierto es que, a medida que me iba instalando cada vez con mayor solvencia en mi tarea en el quirófano, mi vida privada también iba modificándose.  Me casé, tuve dos niñas y empecé a sentir que mi nueva situación personal resultaba incompatible con las exigencias de mi cargo como Jefa, en donde entre las prolongadas intervenciones quirúrgicas en las que tomaba parte, los feriados, horarios extendidos y, las obligaciones para con mi equipo, no dejaban demasiado espacio para mi vida familiar.

Todo eso coincidió en el tiempo con las crecientes necesidades de nuestras hijas, que atravesaban una etapa de requerimientos con mayor presencia de su mamá.  Ambas demandas, la profesional y la personal, no podían armonizarse.  Tenía que tomar una determinación difícil.

Tardé más de un año en hacerlo, pero finalmente resolví dejar esa querida actividad a la que había dedicado una década y media de trabajo y placer.

Por supuesto que decidí continuar trabajando, pero con horarios más controlables, que se adaptaran mejor a mi vida. Para ello mi proyecto futuro fue perfeccionarme como cosmetóloga.                                                                                                    Había realizado un curso sobre el tema para aprender a convivir con mi cutis graso-seco y reparar mi  piel del perjuicio que  provocaba   la  utilización de barbijos.  Lo aprendido no era suficiente para encarar  una atención profesional en el gabinete.  Necesitaba  capacitarme aún  más.

En los comienzos con una colega, Nelly Canatta, nos dividíamos la oferta de cursos, los tomábamos por separado y luego intercambiábamos datos sobre los que realmente eran serios y valían la pena.  Esa búsqueda continuó hasta que tuve la oportunidad de presenciar una clase de la cosmetóloga Delia Díaz.                                                                                                                              A partir de ese momento, hubo un giro en mis capacitaciones; mis pasos por la cosmetología fueron “custodiados por experta” o sea, de la mano de ella aprendí los verdaderos fundamentos y bases científicas para ejercer la profesión.  Fue un antes y un después.

En esa misma época (mediados de los años 70), el prestigioso Servicio de Dermatología del Hospital Israelita  tomaba exámenes a cosmetólogas para que ingresaran en su sistema de pasantías.  Me presenté, pasé la prueba, logré entrar y esa breve pasantía de unos pocos meses se convirtió en  fructíferos años como parte de ese Servicio.

El primer día que fui a trabajar en el gabinete de Cosmiatria del Hospital, regresé a mi casa con una hermosa sensación interior, una emoción difícil de explicar.  Había vuelto a experimentar el aroma inconfundible y típico que tienen los hospitales.  Y había sido aquel aroma, y todo lo intangible que eso significaba para mí, lo que me hizo saber que ése era el lugar en que quería estar y, por lo tanto, el camino a seguir.

Durante esos siete años me convertí en “una esponja”: todo lo absorbía, todo era aprendizaje.  Prevalecía en el Hospital Israelita un espíritu de respeto a la profesión que habían fomentado y dejado como legado dos excelentes profesionales de nuestro medio: el doctor Aarón Kaminsky y la irreemplazable cosmetóloga Fanny Lerman.

Era un enorme gusto trabajar en ese ambiente porque, además, mis colegas eran de primer nivel: Silvia Sektman, Susana Bessuet, Lucía Flota, Nora Recalde (sólo por mencionar a algunas de ellas)                           éramos un equipo armonioso trabajando arduamente y a la par de los demás.

Asimismo, podría decir que la experiencia en el Israelita fue diferente a todo lo que yo conocía hasta ese momento. Las personas que acudían al Servicio eran en su mayoría gente humilde que, con sacrificio, hacían fila para adquirir su cupón de atención desde las seis de la mañana.  Entrar en contacto con esas realidades también fue clave en mis años de formación, en mi crecimiento profesional y personal.

Luego de varios y extraordinarios años, comenzó a cambiar el funcionamiento interno del Servicio y decidí renunciar.

De todos modos, para ese entonces la experiencia vivida me marcó el camino que quería transitar.  Lo que debía hacer era construir nuevas sendas para seguir adelante.

Un excelente lugar para volver a sentir El aroma inconfundible en esos tiempos era el Hospital de Clínicas que estaba en su momento de apogeo, sin embargo vi frustrada mi ilusión de integrarme al plantel ya que el cupo de cosmetólogas estaba cubierto.

De hecho, En esos tiempos (alrededor  década del 70)  la gran mayoría de los Servicios de Dermatología  carecían de gabinetes de cosmetología, y sus autoridades no parecían tener intenciones de crearlos.  La realidad es que todavía no estaban interiorizados acerca de cuál era la tarea específica ejercida por el cosmetólogo, sus capacidades para encarar una variedad de tratamientos y la funcionalidad de los mismos tanto para la atención de la piel sana como de la piel enferma.                                                                                               

Visité  a varios jefes de Dermatología de distintos nosocomios para proponerles la incorporación de nuestra experiencia a sus servicios, que daría complemento e interacción Médico-Cosmetóloga para bien del paciente. Pero no hubo interés: me encontraba una y otra vez con la misma negativa.

Costó mucho, pero finalmente la propuesta encontró su cauce y fue en el Hospital Diego Thompson donde se mostraron entusiasmados con la idea de crear un espacio para la Cosmetología.

Fue el Dr. Mangano (subjefe del Servicio) y luego el Dr. Fridmanis (jefe del mismo Servicio) quienes nos dieron un espacio.  No sólo eso, sino que junto a la colega Silvia Zaccai pudimos armar un curso anual sobre nuestra especialidad que se dictaba nada en el Aula Magna del hospital.

En esta nueva etapa puse en práctica la experiencia que había adquirido trabajando en equipo, volcando todo lo incorporado en los años en que me había desempeñado como jefa de instrumentadoras en el Hospital Italiano primero, y luego como subjefa de cosmetólogas en el Hospital Israelita.

El proyecto era permanecer un tiempo considerable dentro de la estructura que disponíamos, para luego tomar a mi cargo la construcción de un nuevo equipo; encabezar el proceso de selección de las cosmetólogas que quedarían al frente del  gabinete y aquellas que permanecerían en forma estable; organizar una ida y vuelta permanente con los dermatólogos, etc.

Realizaba entrevistas con una serie de cuestionarios básicos, en los que siempre había, por lo menos, cinco preguntas relacionadas con la vida social de la postulante.  Mi objetivo era formar un grupo humano en el que no primaran el egoísmo y la competencia desleal.  Estoy convencida de que, para que los trabajos en equipo tengan buen resultado es indispensable que las personas que lo integran no sólo sean probas, sino que también formen un grupo armónico.

Dejé el Diego Thompson en las eficientes manos de Elisa López.

Siguiendo con mi sendero soñado, puse en marcha el gabinete del Servicio de Cosmetología del Hospital Rivadavia, quedando como jefa la Sra. Dévora Piatigorsky, ex compañera del Hospital Israelita.

En esta trayectoria hospitalaria llegué al hospital Bernardo Hussay de Vicente López.  Allí viví una experiencia diferente.  Cuando tomo contacto con ellos el Servicio de Cosmetología ya estaba en funcionamiento.  El médico jefe de Dermatología era el entrañable doctor Ferradas.  Mi colaboración fue indirecta ya que transcurrió desde mi lugar de enseñanza, la distribuidora Nuclea, que aún mantengo.  Aporté mi experiencia y mis saberes acuñados junto a magníficas y admirables colegas con Cristina Casasco al frente; entre todas potenciamos lo que ya se había construido y se lograron excelentes objetivos e inolvidables ateneos.

Luego de estas experiencias en hospitales, dediqué el resto de mi vida profesional casi exclusivamente a la docencia, dirigida a la profesión.  No obstante, sigo visitando algunos de estos establecimientos que marcaron mi carrera y en los que siempre me sentí tan cómoda y realizada.

Paseando por el mundo, en los inicios de 1980, observé que en el medio cosmetológico del exterior y en nuestro país existía una inquietud  que consistía en tener un espacio propio que no perteneciera a ningún laboratorio en especial, para la profundización, actualización y saberes cosmetológicos dirigidos a los profesionales que ya ejercían.  La oferta del momento consistía en cursos, charlas y demostraciones de laboratorios, cuyo mensaje subliminal era la promoción de sus respectivos productos.

Fue así que junto a otras dos valiosas personas (Edit Caruso y Beatriz Cardinali) nos asociamos y dimos paso   a la apertura de un “Centro de Capacitación para profesionales”, en el que se proveen también productos de prestigiosos y confiables laboratorios, con la salvedad que la sección capacitación estaría separada y desvinculada de la venta.  La promoción de los productos quedaba exclusivamente bajo el compromiso  de los responsables de los laboratorios que nos visitaban y hacían sus exposiciones.

Esta nueva función me dio la posibilidad de relacionarme con espectaculares profesores, médicos, químicos y colegas excelentes de todo el país y  por ese sistema (que era novedoso), se fueron sumando las visitas de  varios de los servicios hospitalarios que siguen acompañándonos y nos enriquecen  presentando sus  trabajos.

En el inicio de esta nueva tarea recibí invitaciones del extranjero para comentar cómo lográbamos reunir en las mismas estanterías, productos que –según se interpretaba– competían entre sí, y dar cursos en los cuales dichos productos no eran utilizados.

A esta altura tengo que confesar que los primeros laboratorios que nos honraron, casi no competían entre sí, ya que los mismos cumplían diferentes funciones, siendo que uno era muy eficiente en productos para acné y solares, otro para corporales, otro en piel sensible y otro en estética en general.                                                                                              Consultamos esta forma de enseñar y comercializar con el señor Héctor Togneta (conocido como Tito), era uno de los dueños del laboratorio más reconocido en Latinoamérica, respetado y apreciado por la gente de este ambiente, y lo hicimos con él porque no tendría ningún interés personal ni comercial en este proyecto; al principio, no estaba muy convencido de nuestro entusiasmo, pero al comprobar que comenzaba con mucho esfuerzo a funcionar, fue  el “apoyo invisible” y consejero en algunos difíciles momentos, desde esa época nuestro trato personal que era afable, se convirtió en una muy buena relación con él y su inteligente esposa.

Los dos grandes acontecimientos de Nuclea, fueron:

  1. cuando Joe Lewis, Director Técnico de la Universidad de California, aceptó controlar mensualmente las muestras de un nuevo ácido que ellos habían desarrollado con mucho éxito, el Ácido Glicólico.  Hacíamos el envío de las muestras por avión, y cuando estuvo totalmente de acuerdo lo hicimos elaborar aquí.
  2.  El segundo logro importante fue haber incorporado a nuestra sede como profesora de Drenaje Linfático Manual (DLM)  a la Dra. Richter, argentina educada en Alemania, que trabajaba como médica en la prestigiosa Clínica del Dr. Emil Vodder, creador de la técnica que lleva su nombre.  Estuvo con nosotros muchos prósperos años, haciéndonos el honor de dar clases y dejándonos un muy buen plantel de profesionales como “las dos Anas” (Nahabedián y Sovrán).

Los laboratorios cuyas líneas distribuíamos en la sección venta eran muy reconocidos en el ambiente y para completar nuestro crecimiento y el prestigio de ellos, incluimos a un excelente laboratorio de Francia, ya no como distribuidoras, sino como representantes de la marca.

 La mayoría de las personas mencionadas en esta reseña siguen aún haciendo honor a la Dermatología, a la Cirugía Plástica y a la Cosmetología.

Hoy, con un enorme esfuerzo y el apoyo de La Asociación Argentina de Dermatología, se consiguió cumplir un sueño: que los cosmetólogos creíamos irrealizable, la “Tecnicatura Universitaria en Cosmetología Facial y Corporal en la Facultad de Medicina de la UBA”, lugar académico cuya directora es la Dra Graciela Ferraro, y vicedirectora la Cga. Mercedes  Lafrenz.  En esta casa tan prestigiosa se lucen como profesoras, muchas de mis colegas que trabajaron y aún trabajan en esos hospitales.  Y como todo en la vida vuelve, hoy está a cargo del Diego Thompson, la que fue mi Jefa en una cátedra de esa prestigiosa Facultad, y también como cosmetólogas docentes, algunas de  las queridas y  excelentes discípulas.

Vaya mi agradecimiento a:

Dr. Beveraggi: Jefe de Cirugía y luego Director, Hospital Italiano.

Dr. Cambria: Jefe de Cirugía Plástica y Estética, Hospital Bernardo Houssay de Vte.L ópez.

Dr. Cohan: Dermatólogo, Hospital Israelita.

Dr. Ferradás: Jefe de Dermatología, Hospital Bernardo Houssay de Vte. López.

Dr. Fridmanis: Jefe Dermatología, Hospital Diego Thompson.

Dr. Mangano: Jefe Dermatología Hospital Diego Thompson

Dra. Richter: Flebóloga y autoridad  en DLM.

A mis invalorables colaboradoras en esta área de Cursos, primero Alejandra González y también años más tarde, Gabriela Massera.

A la Bioquímica Silvia Mundanó y la Clga. Claudia Esperante, que siempre están cuando se las necesitan.

Lidia Musso

4 comentarios sobre «ESE AROMA INCONFUNDIBLE»

  1. Muy plausible tu trayectoria. Tu dedicación es merecedora del agradecimiento del alumnado. Y lo más loable a mi modesto modo de ver es el reconocimiento a todos los profesionales que marcaron tu camino!!!
    Felicitaciones !!!

  2. Has hecho una reseña extraordinaria de muchos años de estudio y dedicación a esta nuestra querida profesión y veo que te rodeastes siempre de los mejores profesionales del medio. Te felicito y espero que podamos seguir en este ambito al que pertenecomos que tanto amamos y por el que seguimos luchando

  3. Lidia,que hermosa reseña has echo de esta hermosa profesion la cual tantas satifacciones nos ha dado,me has echo recordar tantas cosas ,a traves de tantos años de compañerismo,y encuentros ,que me emociono un abrazo y felicitaciones SUSANA

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